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Autoestima, inferioridad y superioridad, 7 puntos a trabajar.


Inferioridad y superioridad,  7 puntos a trabajar.


 1. Ser consciente de la situación.

Sé consciente de que hay lugares a los que no podemos llegar (al menos inmediatamente) y donde se toman decisiones importantes para nuestro futuro, ya sea mesas donde se sientan políticos, banqueros, empresarios, sindicatos, o lo que sea. Pero no les eches la culpa de todo. Un alto porcentaje de las cosas que te pasan se deben a decisiones tuyas. Y si no es así, pasándole la responsabilidad a otros de lo que te pasa a tí, no te servirá demasiado.

2. Superponerte.

No debe afectarte lo que dicen los demás, pero debes respetar sus opiniones, al igual que ellos deben respetar las tuyas. No eres más que nadie, ni menos que nadie. Cada uno tiene unas ideas, una opinión, y se puede contrarrestar con la de los demás, estar de acuerdo con ellas, coger algunos puntos en común o ser contrario a ellas, no pasa nada. Y si algún día no tienes justificación a tus ideas, o te superan las de los demás, te vuelvo a decir, no pasa nada, estarás aprendiendo pero no siendo inferior.

3. Analiza tu entorno y tu interior.

Analiza lo que tienes a tu alrededor y los comportamientos de los demás, cómo puedes interiorizar algo para que tu puedas aprovecharlo en tu vida o tu trabajo. No se trata de copiar lo que hagan los demás, se trata de ver qué posibilidades existen en lo que tienes cerca, o valorar si lo que está lejos es mejor, y cómo puedes acceder a ello.

4. Actúa ante las dificultades.

Ésto puede ser difícil, pero será el punto más agresivo y más fuerte para superar algún tipo de problema relacionado con la inferioridad. Lo más importante no son las cosas que pasan, lo que ha pasado ya, no vuelve atrás, lo importante es cómo eres capaz de solventar, afrontar y tomar decisiones propias a partir de una situación concreta. La respuesta, el cómo te comportas después de una situación.

5. Mejorar día a día.

Aunque las cosas vayan bien, no te relajes, no pienses que todo va a seguir siendo igual siempre. Todo ocurre poco a poco y aunque te vayan las cosas bien, si no aprovechas para seguir mejorando estará sucediendo una desaceleración progresiva de la que no te estarás dando cuenta que en un futuro puede tener consecuencias negativas.

6. Reconocer lo que pasa.

¿De qué te sirve engañarte a tí mismo? ¿Alguien se ha parado a pensar alguna vez lo acostumbrados que estamos a realizar ésta tarea tan perniciosa para nosotros mismos? Si tienes un problema, admítelo. Después, buscaremos soluciones. Yo soy el primero que debo hacer ésto.

7. Ponte delante del toro.

Es prácticamente lo mismo que el punto 4. Hacerle frente a las cosas, a las personas, a las situaciones a las que les tienes miedo, a las que te ves inferior, a las que provocan complejo de inferioridad es lo más difícil de todo, pero cuanto más veces te enfrentes a ellas, más preparado estarás para las siguientes, y así sucesivamente.

 

La naturaleza destructiva del poder sin estatus

Con este mismo título, un reciente estudio publicado en una revista internacional de psicología social experimental realizado por tres investigadores norteamericanos ha demostrado que la gente con bajo estatus que ocupa puestos de poder tiende a humillar a otros. El poder (entendido como control asimétrico) y el estatus (entendido como respeto y admiración) representan aspectos fundamentales de la jerarquía social. Tanto si estamos con familiares y amigos o trabajando en grandes organizaciones, siempre hay una jerarquía. Existen muchos ejemplos que apoyan la idea popular de que “el poder corrompe”. Sin embargo, este nuevo estudio realizado por expertos en gestión de organizaciones de las universidades de Stanford y de California añade nuevas aportaciones a esta idea porque es uno de los pocos estudios experimentales que han explorado los efectos interactivos de estas dos variables en el desempeño de un cargo. Ese estudio concluye que la combinación de algún tipo de autoridad con un nivel bajo de estatus puede ser muy tóxico para las relaciones sociales.

Por definición, la falta de estatus puede condicionar que la gente pueda sentirse no respetada ni apreciada, lo que puede desencadenar comportamientos agresivos que refuerzan la autoestima del agresor: a mayor poder, mayor comportamiento denigrante. Que la falta de estatus puede originar violencia es algo que se ha visto en niños marginados con comportamientos agresivos e impulsivos. Quien ostenta el poder puede fomentar conductas en su propio beneficio porque alimentan la sensación de que tiene derecho a ciertas recompensas y objetivos. Por el contrario, los individuos sin poder se sienten excluidos. Hay otros estudios que indican que el poder amplifica las inclinaciones personales. Estos hallazgos tienen implicaciones importantes porque demuestran que, dependiendo de tener o carecer de estatus, el poder da libertad al que lo tiene para actuar o alcanzar un objetivo concreto.

Basados en estas ideas, los investigadores postularon que los individuos con mucho poder pero con grandes carencias de estatus podían actuar con resentimiento por su falta de respeto para degradar o humillar a otros. Una idea similar es la combinación de poder e incompetencia en un individuo que reconoce su falta de estatus pero que persigue el poder a toda costa. Éste es un fenómeno que se ve en algunas organizaciones empresariales pero que está cada vez más presente en la mayoría de las organizaciones políticas, fomentando el abuso y la agresión hacia los demás hasta extremos insospechados.

Para explorar esta teoría, los investigadores realizaron una serie de experimentos con alumnos de escuelas de negocios que aceptaron ser asignados de forma aleatoria para actuar en papeles dotados de mucho o poco poder asociados con alto o bajo estatus. A los estudiantes se les pidió que escogieran entre una lista de actividades consideradas humillantes, degradantes, violentas o incómodas que ordenarían a otros. Algunas de esas órdenes incluían: repetir cinco veces “soy una porquería” o “no valgo nada”, ladrar tres veces o confesar tres defectos personales. Por el contrario, las órdenes menos o nada humillantes incluían: escribir un resumen de lo que habías hecho en el día, contar un chiste, aplaudir 50 veces, dar cinco saltos o saltar a la pata coja. Los investigadores descubrieron que los individuos con mucho poder y bajo estatus eligieron las órdenes más humillantes para sus compañeros que aquellos que fueron asignados a representar cualquier otra combinación de poder y estatus. La gente que tenía mucho poder y alto estatus eran los que salían mejor evaluados. Pero la gente que tenía poder y carecía de estatus utilizaba casi siempre su poder para obligar a otras personas a realizar comportamientos humillantes. En general, los hombres eran peores que las mujeres.

Los hallazgos de este sencillo estudio indican que tener mucho poder con poco estatus puede ser un catalizador que genere comportamientos y actitudes humillantes y degradantes que pueden destrozar las relaciones e impiden actuar de buena fe. Este estudio sugiere que los individuos con poco estatus están más motivados que los de alto estatus para degradar o humillar a otros, y que el poder les posibilita o les da la libertad para hacerlo. No todos los que asumían este rol eran desagradables; había mucha gente que trataba a los demás bien, probablemente como consecuencia de varios factores moduladores como la personalidad y el nivel cultural del individuo. Pero los resultados de este y otros estudios demuestran que la posesión de poder en ausencia de estatus contribuye a que personas en la vida civil o militar hagan actos deplorables a otras personas.